EL CIELO
38
Los sabios y los sencillos en el Cielo
346. Se
cree que los sabios tendrán gloria y eminencia en el cielo más que los
simples, porque se dice en Daniel:
Y los
entendidos resplandecerán como el resplandor del firmamento y los que
enseñan justicia a la multitud como las estrellas a perpetua eternidad
(13: 3);
pero
pocos saben quienes son los que se entienden por "entendidos" y por los
que "enseñan justicia." Vulgarmente se cree que son los que se llaman
eruditos y doctos, principalmente los que han enseñado en la iglesia,
distinguiéndose por sus enseñanzas y predicaciones, y entre ellos con
preferencia aquellos que han convertido muchos a la fe. Todos estos se
consideran entendidos en el mundo, pero no obstante no lo son en el
cielo aquellos de quienes se dice esto, a menos de que su entendimiento
es un entendimiento celestial; cual y como es este entendimiento se dirá
en lo que sigue.
347. El
entendimiento celestial es un entendimiento interior que origina del
amor a la verdad, no a causa de gloria alguna en el mundo, ni a causa de
gloria alguna en el cielo, sino a causa de la verdad misma, la cual les
gusta y les agrada íntimamente. A quienes gusta y agrada la verdad
misma, y a quienes la luz del cielo así afecta, afecta igualmente la
verdad Divina, y hasta el Señor mismo, porque la luz del cielo es la
Divina verdad y la Divina verdad es el Señor en el cielo (véase arriba,
n. 126-140). Esta luz influye únicamente en lo interior de la mente,
porque las cosas interiores de la mente se hallan formadas al
recibimiento de esa luz y conforme entra capta y agrada; porque todo
cuanto influye y es recibido del cielo tiene en sí goce y placer. De
allí viene la genuina inclinación a la verdad, que es una inclinación a
la verdad a causa de la verdad. Los que se hallan en esta inclinación o,
lo que es lo mismo, los que se hallan en este amor tienen entendimiento
celestial, y resplandecen en el cielo con el resplandor del firmamento;
resplandecen porque la Divina verdad resplandece en el cielo por
doquiera se encuentra (véase arriba, n. 132), y el firmamento significa
por correspondencia la parte intelectual interior, tanto en ángeles
cuanto en hombres, que se hallan en la luz del cielo. Por otra parte,
los que se hallan en amor a la verdad, sea por causa de gloria en el
mundo, sea por causa de gloria, en el cielo, estos no pueden
resplandecer en el cielo, puesto que no sienten inclinación y placer por
la misma luz del cielo, sino por la luz del mundo, y esta luz sin
aquella es en el cielo negras tinieblas; es que la gloria propia
predomina, puesto que es el fin hacia el cual tienden los esfuerzos, y
cuando aquella gloria es el fin, se mira el hombre a sí mismo en primer
lugar y a la verdad que le sirve para su propia gloria, mira como un
medio para conseguir su objeto y como servidumbre; porque quien ama la
Divina verdad por causa de su propia gloria mira a sí mismo en la Divina
verdad, y no al Señor, por lo cual aparta del cielo y del Señor su
vista, que es la del entendimiento y de la fe, y la dirige al mundo y a
sí mismo; tales hombres se hallan por lo tanto en la luz del mundo y no
en la luz del cielo. Estos en su forma exterior, es decir, ante los
hombres, parecen tan inteligentes y doctos como los que se hallan en la
luz del cielo, porque hablan de la misma manera y en la forma exterior
parecen a veces hasta más sabios, siendo animados por el amor a sí
mismo; también son expertos en aparentar inclinaciones celestiales, pero
en la forma interior en la cual aparecen ante los ángeles son, sin
embargo, completamente diferentes. Por lo aquí expuesto puede hasta
cierto punto ser claro quienes son los que se entienden por
"entendidos," que en el cielo resplandecerán como el resplandor del
firmamento; quienes, por otra parte, son los que se entienden por los
que "enseñan justicia" a la multitud, los cuales resplandecerán como las
estrellas, se dirá ahora.
348. Por
los que "enseñan justicia a la multitud," se entienden los que son
sabios, y en el cielo se llaman sabios los que se hallan en el bien, y
allí se hallan en el bien los que admiten la Divina verdad
inmediatamente en la vida, porque siendo así que la Divina verdad revela
la vida, revela asimismo el bien, porque revela la voluntad y el amor, y
todo cuanto pertenece a la voluntad y al amor se llama bien; estos se
llaman por lo tanto sabios porque la sabiduría es la vida. Por otra
parte, se llaman entendidos los que no admiten la Divina verdad
inmediatamente en la vida, sino antes en la memoria, desde donde la
sacan y la entregan a la vida. Como y cuanto difieren en los cielos
aquellos y estos, puede verse en el artículo donde se trata de los dos
reinos del cielo, el celestial y el espiritual (n. 20-28), y en el
artículo donde se trata de los tres cielos (n. 29-40). Los que están en
el reino celestial del Señor, por consiguiente los que están en el
tercero o íntimo cielo, se llaman justos, por no atribuirse a sí mismos
nada de justicia, sino todo al Señor; la justicia del Señor en el cielo
es el bien que viene del Señor; estos son, pues, los que aquí se
entienden por los que enseñan justicia a la multitud. Estos son también
aquellos de quienes dice el Señor:
Los
justos brillarán como el sol en el reino de su Padre (Mateo 13: 43).
La razón
por la cual brillan como el sol es que se hallan en amor al Señor del
Señor, y este amor se entiende por el sol (véase arriba, n. 116-125); su
luz es asimismo flamante, sus pensamientos tienen por lo mismo algo de
llama, porque reciben el bien del amor directamente del Señor, que es el
sol en el cielo.
349.
Todos cuantos han adquirido entendimiento y sabiduría en el mundo son
admitidos en el cielo y hechos ángeles, cada uno según y conforme la
calidad y cantidad de entendimiento y sabiduría: porque todo cuanto el
hombre adquiere en el mundo permanece y lo lleva consigo después de la
muerte; también se aumenta y se perfecciona; pero tan sólo dentro del
grado de la inclinación y anhelo de su verdad y de su bien, no fuera del
mismo; los que han tenido poca inclinación y poco anhelo reciben poco,
no obstante reciben tanto como puedan recibir dentro de aquel grado; por
otra parte, los que han tenido mucha inclinación y mucho anhelo reciben
mucho. El grado mismo de la inclinación y del anhelo es como una medida,
la cual se llena hasta quedar completa, por lo tanto más al que tenga
una medida grande, menos al que tenga una medida pequeña. La razón por
la cual esto es así es que el amor, al cual pertenecen la inclinación y
el anhelo, recibe todo cuanto con él concuerda. Por consiguiente cuanto
el amor es grande tanto recibe. Esto se entiende por las palabras del
Señor:
A
cualquiera que tiene, lo será dado para que tenga en abundancia (Mateo
13: 12; cap. 25: 29).
Medida
buena, apretada, remecida, y rebosando darán en vuestro seno (Lucas 6:
38).
350. En
el cielo son recibidos cuantos han amado el bien y la verdad a causa del
bien y de la verdad, los que han amado mucho son los que se llaman
sabios; por otra parte, los que han amado poco son los que se llaman
simples. Los sabios en el cielo están en mucha luz, los simples, por
otra parte, en menos luz, cada uno según su grado de amor al bien y a la
verdad: amar la verdad y el bien es quererlas y hacerlas, porque los que
quieren y hacen, aman, pero no aquellos que no quieren y no hacen. Ellos
son también los que aman al Señor, y son amados por Él, siendo así que
el bien y la verdad son del Señor, y siendo del Señor el Señor se halla
también en ellos, es decir, en el bien y la verdad, por consiguiente,
también en los que reciben el bien y la verdad en su vida por quererlos
y hacerlos. El hombre en y por sí es precisamente su bien y su verdad,
siendo así que el bien es de su voluntad y la verdad es de su
entendimiento. Por lo mismo es claro que el hombre es amado del Señor en
la exacta medida en que su voluntad es formada por el bien y su
entendimiento por la verdad. Ser amado por el Señor es también amar al
Señor, porque el amor es recíproco, siendo así que el Señor al que es
amado le da también la facultad de amar.
351. En
el mundo se cree que los que saben mucho, sea por la doctrina de la
iglesia y por el Verbo, sea por ciencia, ven las verdades más
íntimamente y más agudamente que los demás y que así entienden más y
saben más. Estas personas tienen de sí mismas igual opinión, pero lo que
es la verdadera inteligencia y sabiduría, lo que es la espuria y lo que
es la falsa, se dirá en lo que ahora sigue:
La
verdadera inteligencia y sabiduría es ver y percibir, la verdad y el
bien, y mediante ello la falsedad y el mal, así como bien distinguir
entre ellos, y esto por una intuición y percepción interior. En cada
hombre hay cosas interiores y exteriores. Las interiores son las del
hombre interno o espiritual; las exteriores, por otra parte, las que
pertenecen al hombre externo o natural. La vida y la percepción del
hombre son según las formas de las cosas interiores y su unión con el
exterior. Las cosas interiores del hombre no pueden ser formadas más que
en el cielo, las exteriores, por el contrario, son formadas en el mundo.
Cuando las cosas interiores son formadas en el cielo influyen aquellas
que allí están en las exteriores que se hallan en el mundo y las forman
a ser correspondencias, es decir, a que obran como uno con ellas. Cuando
esto se ha realizado el hombre ve y percibe desde lo interior. El único
medio de poder formar las cosas interiores es que el hombre se vuelve
hacia lo Divino y hacia el cielo, porque, como se ha dicho, las cosas
interiores son formadas en el cielo, y el hombre se vuelve hacia lo
Divino cuando cree en lo Divino y cree que de esto viene toda verdad y
todo bien, por consiguiente toda inteligencia y sabiduría, y en lo
Divino cree cuando quiere ser conducido por lo Divino. Así, y no de otra
manera, se abren las cosas interiores del hombre. El hombre que tiene
esta fe, y conduce su vida en conformidad con la fe, tiene el poder y la
facultad de entender y ser sabio; pero a fin dé que se vuelva entendido
y sabio, debe aprender muchas cosas, no tan sólo las que se refieren al
cielo, sino también las que son del mundo; las que son del cielo por el
Verbo y por la iglesia, y las que son del mundo por las ciencias. Cuanto
el hombre aprende y aplica a su vida, tanto se vuelve entendido y sabio,
porque tanto perfecciona su vista interior, que es la de su
entendimiento, y su inclinación interior, que pertenece a su voluntad.
Los simples de éste género son los que tienen abiertas las cosas
interiores, pero no tan desarrolladas por verdades espirituales,
morales, civiles y naturales; estos perciben las verdades cuando las
oyen pero no las ven dentro de sí; los sabios de este género, por otra
parte, son los que no tan sólo tienen abiertas las cosas interiores,
sino también desarrolladas y ven en sí las verdades y las perciben. Por
esto se ve lo que es verdadera inteligencia y sabiduría.
352. La
inteligencia y sabiduría espuria es no ver y no percibir por lo interior
lo que es verdad y bien, y mediante ello lo que es falso y malo, sino
tan sólo creer que es verdad y bien, o que es falso y malo lo que otros
juzguen así, y luego confirmarlo. Puesto que estos no ven la verdad
desde la verdad, sino desde otra persona, pueden acoger y creer lo falso
tan fácilmente como la verdad, y también confirmarlo hasta que parezca
ser verdad; porque cualquiera cosa que se confirma se reviste de la
apariencia de la verdad, y nada hay que no pueda ser confirmado. Las
cosas interiores de estos no están abiertas más que por debajo, pero las
exteriores lo están en la medida en que se hayan confirmado; la luz por
la cual ven no es pues la luz del cielo, sino proviene de la luz del
mundo, que se llama lumen natural; en esta luz las falsedades pueden
relucir como verdades, y al ser confirmadas pueden hasta resplandecer,
pero no en la luz del cielo. Entre los de este género son menos
entendidos y sabios los que han confirmado en sí mucho, y más entendidos
y sabios los que han confirmado poco. Por esto se ve lo que es la
inteligencia y sabiduría espuria. De este género no son, sin embargo,
aquellos que en la puericia han tomado por verdad lo que aprendieron de
sus preceptores, sí en la juventud cuando piensan por su propio
entendimiento no se atienen más a ello, anhelando por el contrario
conocer la verdad y buscándola con anhelo, y habiéndola hallado sienten
íntimo afecto por ella. Estos, puesto que sienten afecto por la verdad a
causa de la verdad, ven la verdad antes de confirmarla.1 Se ilustrará
esto mediante un ejemplo. Una conversación tuvo lugar entre espíritus
sobre la causa de nacer los animales con todos los conocimientos que
corresponden a su naturaleza pero no así el hombre, y se dijo que la
causa es que los animales se hallan en el orden de su vida; el hombre,
por el contrario, no; por cuya razón ha de ser reconducido al orden
mediante conocimientos y saberes; pero sí el hombre naciera en el orden
de su vida, que es amar a Dios sobre todos las cosas y al prójimo como a
sí mismo, entonces nacería en entendimiento y en sabiduría y por ello
también en la fe de toda verdad a medida que se añadiesen los
conocimientos. Los buenos espíritus vieron en seguida esto y percibieron
qué así es, y esto exclusivamente por la luz de la verdad; pero los
espíritus que se habían confirmado en la mera fe y por ello echaban a un
lado el amor y la caridad, no pudieron entender esto, puesto que la luz
de la falsedad, en ellos confirmada, oscurecía la luz de la verdad.
353. La
inteligencia y sabiduría falsa es todo aquello en que no hay
reconocimiento de lo Divino, porque los que no reconocen lo Divino, sino
en lugar de lo Divino la naturaleza, piensan todos por medio de lo
sensual-corporal, y son exclusivamente sensuales, por más eruditos y
doctos se les considera en el mundo; pero su erudición no pasa de las
cosas que existen en el mundo delante de los ojos, cuyas cosas guardan
en la memoria, indagándolas casi materialmente y sin embargo estas
mismas ciencias sirven a los verdaderos entendidos para la formación de
su entendimiento. Por ciencias se entienden experiencias, de varias
clases, como la física, la astronomía, la química, la mecánica, la
geometría, la anatomía, la psicología, la filosofía, la historia de los
reinos y de la literatura, la crítica, las lenguas. Los clérigos que
niegan lo Divino tampoco elevan sus pensamientos por encima de las cosas
sensuales que pertenecen al hombre exterior; las cosas que son del Verbo
consideran de igual manera que los demás consideran las ciencias, y no
hacen de ellas objeto del pensamiento o de la indagación de una mente
racional ilustrada, y esto por la causa de que las cosas interiores en
ellos se hallan cerradas y con ellas las cosas exteriores más próximas a
las interiores; la razón porque se hallan cerradas es que se hallan
vueltas en dirección opuesta al cielo, y retuercen aquellos que podrían
mirar hacia este, las cuales son las cosas interiores de la mente humana
como ya se ha dicho. Es por esto que no pueden ver lo que es verdad y
bien, puesto que estas cosas para ellos se hallan en tinieblas, y lo
falso y malo en luz. Sin embargo, los hombres sensuales pueden
raciocinar, algunos más hábilmente y con más perspicacia que los
verdaderos entendidos, pero por virtud de falacias de los sentidos
confirmadas mediante sus saberes, y por poder así raciocinar con
habilidad se creen ellos más sabios que otros.
El fuego que mediante la inclinación enciende sus raciocinios es
el fuego del amor a sí mismo y al mundo. Estos son los que se hallan en
un falso entendimiento y en una falsa sabiduría, y a quienes se refiere
el Señor en Mateo;
Viendo
no ven y oyendo no oyen ni entienden (13: 13-15). Y en otro lugar:
Escondidas están estas cosas de los entendidos y sabios, y reveladas a
los niños (11: 25, 26).
354. Me
ha sido dado hablar con varios eruditos después de su salida del mundo,
con algunos que fueron los más afamados y en el mundo de literatura
celebres por sus obras, y con unos cuantos que no fueron tan celebres
pero que no obstante habían llevado en sí una sabiduría oculta. Los que
en su corazón habían negado lo Divino, por más que lo habían confesado
con la boca, se han vuelto tan estúpidos que apenas han podido entender
verdad civil alguna, menos aun una verdad espiritual; he percibido y
asimismo visto que sus cosas interiores que pertenecen a la mente se
hallaban tan cerradas que parecían negras (tales cosas son exhibidas a
la vista en el otro mundo), y de tal manera que no podían sufrir luz
celestial alguna ni admitir influjo alguno del cielo. La negrura en que
parecían hallarse sus cosas interiores era mayor y más extensa en los
que mediante las cosas científicas de la erudición se habían confirmado
en contra de lo Divino. Semejantes hombres reciben en la otra vida con
gozo toda falsedad, la cual embeben como una esponja absorbe el agua y
rechazan toda verdad como el muelle osifico rechaza el objeto que cae
sobre el mismo, se dice en efecto que las cosas interiores en los que
han negado lo Divino, confirmándose por la naturaleza, se hallan
osificadas. La cabeza parece asimismo callosa como si fuera de ébano y
esta callosidad se extiende hasta e incluso la nariz, lo cual indica que
no tienen ya percepción alguna. Los que son así se echan en vorágines
que parecen lagunas, siendo en ellos sobreexcitados por fantasías que
son formas de sus falsedades. Su fuego infernal es su deseo de gloria y
fama y a causa de este deseo ataca uno a otro, y por pasión infernal
atormentan allí los unos a los otros que no les adoran como seres
Divinos, y así alternativamente. En semejantes cosas se convierte todo
cuanto pertenece ala erudición mundana, que no recibe en sí la luz desde
el cielo mediante el reconocimiento de lo Divino.
355. Que semejantes hombres son así en el mundo espiritual, cuando entran allí después de la muerte, puede concluirse por el mero hecho de que entonces reposan todas las cosas que se hallan en la memoria natural, directamente en contacto con las cosas sensuales del cuerpo, como por ejemplo las cosas científicas que más arriba se han enumerado, y sólo las cosas racionales que proceden de ellas sirven allí al pensamiento y al habla; el hombre lleva consigo toda la memoria natural, pero las cosas que se hallan en ella no. están bajo su intuición ni vienen en su pensamiento como cuando vivía en el mundo; nada puede sacar de allí y presentar en la luz espiritual puesto que no pertenece a esa luz; pero las cosas racionales e intelectuales que el hombre ha adquirido por medio de las ciencias mientras que vivía en el cuerpo, se adaptan a la luz del mundo espiritual por lo cual en la medida en que el espíritu del hombre se ha vuelto racional mediante conocimientos y ciencias en el mundo, en esta medida es racional después de la separación del cuerpo porque entonces el hombre es un espíritu, y el espíritu es el que piensa en el cuerpo.
356. Por otra parte, a los que por medio de conocimientos y ciencias han adquirido entendimiento y sabiduría, cuales son los que han aplicado todo al uso de la vida y al mismo tiempo reconocido lo Divino, amado el Verbo y conducido una vida espiritualmente moral (de lo cual arriba, n. 319), sirvieron las ciencias como medio de volverse sabios y asimismo para corroborar las cosas que pertenecen a la fe. Sus cosas interiores que son las de su mente han sido por mí percibidas y asimismo vistas como algo trasparente por la luz, de color blanco resplandeciente, color fuego, o color celeste que tienen los diamantes, rubíes, zafiros, que son transparentes, y esto conforme las confirmaciones a favor de lo Divino y de las verdades Divinas por conducto de las ciencias. La verdadera inteligencia y sabiduría se presenta así al ser exhibida a la vista en el mundo espiritual, esto lo tiene por la luz del cielo, que es la Divina verdad, procedente del Señor, de quien viene toda inteligencia y sabiduría (véase arriba, n. 126-133). Los planes de esta luz, en la cual se verifican variaciones de colores, son las cosas interiores de la mente, y las confirmaciones de las verdades Divinas mediante las cosas que se hallan en la naturaleza, por consiguiente en las ciencias, producen estas variaciones; porque la mente interior del hombre penetra en las cosas de la memoria natural, sublimando por así decir, por medio del fuego del amor celestial, las cosas allí confirmadas, las eleva y las purifica, transformándolas en ideas espirituales; que esto tiene lugar lo ignora el hombre mientras que vive en el cuerpo puesto que entonces piensa tanto espiritualmente cuanto naturalmente, y las cosas que entonces piensa espiritualmente no las percibe, sino tan sólo las cosas que piensa naturalmente; pero cuando entra en el mundo espiritual entonces no percibe las cosas que ha pensado naturalmente en el mundo, sino las cosas que ha pensado espiritualmente, así muda su estado. Por esto es claro que por conocimientos y ciencias el hombre se vuelve espiritual, y que los mismos sirven como medios para llegar a ser sabio, pero tan sólo para los que en la fe y en su vivir han reconocido lo Divino. Estos son también admitidos en el cielo con preferencia a otros, y allí están entre los que se hallan en el centro (n. 43), puesto que se hallan en luz más que los otros. Estos son los entendidos y los sabios en el cielo que resplandecen como el resplandor del firmamento y que brillan como las estrellas. Por otra parte, los simples allí son los que han reconocido lo Divino, amado el Verbo y conducido una vida espiritual y moral, pero sus cosas interiores, que son las de su mente, no se hallan tan desarrolladas por conocimientos y ciencias. La mente humana es como una tierra de labranza, es así o así según y conforme es cultivada.
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